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sábado, 29 de agosto de 2009

El hombre como ser histórico

El ser humano vive en el tiempo, es un ser histórico y un ser para la eternidad. El tiempo es un accidente de la sustancia del alma de tal importancia que algunos lo sustancializan (el ser es tiempo); y otros al captar su escasa consistencia llegan a nihilismos vacíos. Lo cierto es que el tiempo existe; sin duración en el tiempo no hay ser, ni hay vivir. La existencia en el tiempo es un existir fluido en continuo movimiento sucesivo, con una limitación tan grande en el instante que podría llegarse a pensar que el ser vive en la casi nada si se desprecia el acto simple que sustenta al ser y sus accidentes. Sirva una poesía de Rilke en su primera época para ilustrar la nostalgia de eternidad.

No es fácil profundizar en la relación entre tiempo y eternidad, o, más aún, se trata de saber si la historia es sucesión de momentos azarosos sin ninguna relación entre sí o tiene un sentido de progreso. Lo primero que podemos hacer es precisar que la eternidad no es tiempo infinitamente largo sin principio ni fin, eso es impensable e inimaginable. Conviene pensar la eternidad en sí misma y no desde la noción intuitiva que tenemos del tiempo. La eternidad es interminabilis vitae tota simul et perfecta possesio. Es decir, lo esencial de la eternidad es que es vida, actividad perfectamente poseída, el Ser como Acto, activo, pleno de todas las posibilidades, de toda la riqueza, inmutable pero no muerta, porque no puede adquirir nada nuevo, sino enriqueciéndose de todo lo pensable y en una actividad vital que supera infinitamente las experiencias humanas temporales y sucesivas. Sin eternidad la vida de la persona humana es banal: “La eternidad es el fundamento de la libertad; ilumina la voluntad y permite la continuidad de nuestras decisiones. Con la mirada en ella, podemos renovarnos sin cesar, permaneciendo iguales; llegamos a ser inquebrantables. Es necesario, pues, ponerla al comienzo de nuestras acciones sin temor a despreciar el devenir, porque la eternidad está siempre en acto como una fuente que se alimenta del agua que ella misma hace correr. El rechazo de lo eterno conlleva el vagar errabundo. La voluntad se disipa en la medida del devenir, y descompone la personalidad como el viento se lleva la arena de una estatua impasible. El alma voluble encuentra su compensación olvidando el pasado; la sed de novedad, el cambio por el cambio llegan a parecer las únicas formas de salud temporal. Para ella no hay verdades eternas. Pero, tarde o temprano, estas verdades olvidadas resurgen con el atractivo de lo nuevo y le atrapan en su red invisible. Es la revancha de lo eterno”

El hombre de Vitruvio, Leonardo Da Vinci.

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